"I Concurso Wikanda: Misterios, Enigmas y Leyendas de Andalucía"

El Pino Benitez

De Wikanda
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Durante décadas se ha hablado -y aún se sigue hablando- de este fatídico hecho que ocurrió en Pechina. Cuando era pequeño y nos visitaban mi “tía María”; residente en Barcelona y o mi “tío Andrés” iba con ellos y mi abuelo a visitar a la familia que vivía en Almería capital y había un hecho que siempre me llamó la atención y era la visita obligada de todos nosotros al cementerio de Pechina para poner flores sobre un nicho encalado sin ningún tipo de esquela, ni letras de ningún tipo. Uno de esos viajes fue cuando se me ocurrió preguntar a mi abuelo, ¿quien hay en ese lugar enterrado?. Fue cuando mi abuelo, Juan Miralles, comenzó a relatarme la historia. Corrían los años 50 cuando en esta época, Pechina, era un gran vergel lleno de naranjos y limoneros, necesitando gran cantidad de mano de obra y dando vida a muchas familias durante muchos años, nuestras naranjas se exportaban a todos los rincones de España y del mundo. Había grandes fincas, “la de Riera” o “la de Benítez” eran claro ejemplo de zonas de cosecha de estos cítricos; y fue en esta última donde ocurrió lo que te voy a contar.

La finca Benitez, se encontraba en el margen derecho del río Andarax mirando a su nacimiento y se extendía desde el término municipal de Rioja hasta la hasta la actual ermita de San Indalecio en Pechina. Esta propiedad, repartida por su dueño entre familias de la localidad en régimen de aparcería, cada familia, se ocupaba de una parte de la finca, y es fue el sustento y modo de vida de varias generaciones encontrado en ella su la su hábitat y con el equilibrio y la convivencia entrañable con el medio ambiente. Familias como “los Rodriguez”, “los Torres”, “los Leonardo, “los Felices” o “los Ramón” eran parte viva de este gran vergel.

La finca estaba coronada con un majestuoso y gran cortijo típico de la zona, rodeado de árboles y gran vegetación, viendo como el paso del tiempo, cambiaba la orografía del terreno con los árboles de producción; presumía de un gran Pino, con un tronco de mas de metro y medio de diámetro y como un edificio de tres plantas de alto, que dominaba el montículo, dando sombra al porche delantero del cortijo y atravesando la carretera que unía el pueblo de Pechina y el pueblo Rioja, consiguiendo ser un elemento paisajístico y centro de numerosas celebraciones, reuniones y charlas entre los trabajadores/labradores de la finca, durante bastantes generaciones. El dueño de Benítez decidió suprimir el régimen con el que explotaba su finca y hacerlo él directamente obligando a todos la familias que durante generaciones habían convivido con sus naranjos a firmar papeles en blanco, con lo que significaba que acababan su relación con estas tierras. Las familias tenían de plazo hasta el mes de octubre de 1957 para dejar lo que hasta entonces había sido su morada y la de generaciones pero bien ocurrió la historia y el azar jugó un papel muy importante que perdura hasta día de hoy entre los vecinos de Pechina, de como un pino se secó triste por la partida de los que durante años le cuidaron y le utilizaron como punto de reunión. Una gran nube de verano, el 8 de julio de 1953, la familia Ramón, estaban los padres, hermanos y hermanas del “Tío Andrés”, todos dispuestos en la una de la habitación del cortijo junto al pino, en círculo rodeando sobre una estrevez la gran paila de migas de trigo,que son típicas de Almería cada vez que llueve, cuando se produjo el incidente. Había muchos rayos y truenos, era una gran tormenta de verano, de la que en poco tiempo cae mucha agua con aparatos eléctricos. De repente un gran estruendo rompió la tranquilidad de la familia, y un gran rayo cayó en la zona, y por la tenue bombilla de la estancia descargo a tierra a través de Dolores Ramón Medina, una de las hermanas de “tío Andrés” e hiriéndola de muerte y dejando dañado a ese pino centenario, nadie se percató que el pino también resulto herido en aquel instante. Después de esto fue cuando ellos decidieron probar suerte emigrando a Barcelona, en busca de un futuro mejor, y de una vida mas prospera. Es por eso que cada vez que vienen se acerca a visitar los restos de su hermana y honrarla con su memoria. Pero esto no acaba aquí, después de esta terrible desgracia fueron pasando los años y las familias fueron abandonado la finca poco a poco. Dejaban tras de si, muchos sentimientos encontrados, fueron luchas, trabajo, compromiso muchos momentos de felicidad, no todo puede ser triste cuando son varias las generaciones que se han ocupado de mimar los naranjos para obtener su mas preciado fruto. Una de las ultimas familias en salir eran “Los Torres”, y uno de los benjamines de la familia, Emiliano Torres, pechinero criado en esa finca, preocupado y triste por la marcha de las familias con las que convivió desde que tenia uso de razón escribió unos sencillos versos en el tronco del pino, que más tarde se convirtieron en una premonición. Y decían:

Cuando el pino se enteró que se van los labradores. Un sentimiento le dio qué parte los corazones Pues estos padres me criaron, me ayudaron a vivir. ¿Que sería en el pueblo si yo me quedara aquí?. Por la sombra que he prestado y el sol que me cubre. Me voy con los labradores llegando el mes de octubre.

Acabado el verano de 1957, corría el mes de septiembre justo el mes anterior a la salida de todas las familias que durante generaciones habían convivido en el cortijo y con el pino, y si, fue aquí cuando el Pino se secó y efectivamente la agonía del majestuoso pino finalizó desapareciendo del paisaje y uniéndose a la partida de todas las familias que tuvieron que abandonar lo que fuera su medio de vida durante décadas. Más tarde se comprobó que el pino quedo muy dañado con el trueno de aquel fatídico 8 de Julio, y que durante aquel tiempo fue amedentrandolo poco a poco.

Sánchez Miralles, J.: El Pino de Benitez, Pechina

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